Es un intenso verano en Nueva York y, en un estudio del barrio de Chelsea, un equipo de talentos colombianos pone en marcha lo mejor de sí para producir una portada. No es una producción más, es un acontecimiento, es la portada del primer número de Harper's Bazaar en su edición Colombia. Quienes participan de esta jornada se suman también a la historia de una publicación fundada en 1867 —precisamente en Nueva York— y reconocida por su mirada sofisticada sobre la belleza, la moda y la cultura. La protagonista de esta portada es Natalia Montero, una caleña cuya trayectoria personal y profesional dialoga con naturalidad con esos valores, y que hoy es motivo de inspiración para muchas jóvenes que, contra todo pronóstico, sueñan con abrirse un camino firme en el mundo de la moda.
Su historia comenzó en Cali, el día en que un agente de modelos la siguió hasta su trabajo para proponerle que se inscribiera en su agencia. Era una propuesta interesante: representaba una salida de la ruta que su entorno parecía haberle trazado de antemano. Creía que su destino era ser policía, como lo habían sido los más prósperos de su familia, o quizás estudiar psicología, pero sus condiciones socioeconómicas no daban para eso, y tampoco alcanzaban para pagar las clases de modelaje, las fotografías y los demás gastos de ingreso a la agencia. Sin embargo, su propio esfuerzo, sumado al apoyo de la agencia, su familia y sus amigos, permitió reunir lo necesario y dar ese primer paso. Es un recordatorio de que el espíritu colaborativo rara vez mide su propio alcance: nunca sabemos del todo de qué manera estamos contribuyendo a transformar la vida de alguien.
De allí, el salto fue monumental. Natalia se preparó en Cali, pero su carrera despegó realmente fuera de Colombia: «o intenté estar en las ferias de moda, pero tú sabes que en Cali primero se hacían los precastings. Entonces las [modelos] que pasaban esto eran las que podían viajar a Medellín y hacer el casting físico para Colombiamoda y demás. O sea, realmente nunca se me dio la oportunidad de hacer algo en Colombia». La oportunidad, dice, llegó después: «Después del reconocimiento internacional. El primer trabajo que tuve fue con el fotógrafo Andrés Oyuela, en una campaña para Kika Vargas. Estaba recién bajadita del avión, después de hacer Balenciaga». Fue apenas el comienzo: «Luego abrí la pasarela inaugural de Colombiamoda, en 2019, para Johanna Ortiz, y desde entonces he estado en muchos proyectos en el país».
Natalia explica que esa oportunidad, su primer paso hacia la internacionalización, llegó porque alguien la descubrió en Instagram: «Me envió un mensaje que decía: vemos en ti la suficiente proyección para que te conviertas en una modelo internacional». A partir de ahí, decidió embarcarse en el proceso de aplicar a una agencia de alcance global: fotos, documentación y algo más difícil de empacar en una carpeta: el deseo de un futuro mejor, la confianza en quienes la impulsaban y esa intuición que surge, en medio de la incertidumbre, de que algo bueno está por llegar.
Los meses pasaron hasta que finalmente, desde Elite Los Ángeles, le confirmaron que serían su agencia. Fue un momento crucial en su carrera. Corría el año 2018, y de allí vino el llamado a casting de Balenciaga, una firma centenaria que por entonces estaba sacudiendo el panorama de la moda global bajo la dirección de Demna Gvasalia. Natalia, y la belleza que ella representa, eran parte de esa transformación, la de una mujer mestiza que encarna una parte importante de la diversidad étnica latinoamericana. «Mi familia es una mezcla: mi abuelo era de Barbacoas, Nariño, pero mi abuela era de Risaralda. Siento, entonces, que soy mestiza. Es la representación de lo que soy, una mezcla de ambos orígenes», dice Natalia, rozando con sus dedos la piel de sus brazos.
«Yo crecí con la idea de que una modelo era lo que veías en televisión: mujeres súper rubias, voluptuosas. No me sentía identificada con esa belleza, porque soy de ojos, piel y pelo oscuros. Pero cuando llegué a Balenciaga empecé a ver otro mundo, algo totalmente diferente: africanas, blancas, albinas... era una cosa que yo decía: ‘¡Wow! Aquí sí puedo ser yo. Aquí sí hay espacio para mí’». Era, además, un clima cultural propicio: la industria de la moda se estaba abriendo, a su manera y como nunca al ideario de la diversidad. «Estaban las brasileñas, las dominicanas, ¿sabes? La piel canela se puso de moda», recuerda Natalia. Y de repente, ella y sus compañeras «Estábamos en todo».
Pero Natalia era «la colombiana», la única, «Porque todavía no habían llegado las otras que hay ahora», dice. Su éxito coincidió con la apertura de un espacio para más modelos colombianas en el exterior. Muchas lo intentaron antes que ella, pero los procesos tendían a ser lentos y los alcances limitados, sin dejar de reconocer que tuvieron logros importantes. Natalia considera que las redes sociales han tenido un papel clave en la aceleración de ese proceso: en la visibilidad de un espectro de bellezas mucho más amplio y en la atención que las nuevas generaciones le prestan al éxito de las modelos colombianas en el exterior.
Su entendimiento de las redes sociales también la ha hecho consciente del tipo de influencia que le gustaría ejercer sobre quienes ven su historia como un reflejo de sus propias aspiraciones. Natalia reconoce que su actividad en redes no tiene la intensidad que cabría suponer: no le interesa contar las minucias de su día a día, sino compartir la experiencia de un camino que no ha sido fácil, aunque a veces se pinte como un cuento de hadas. Y es que sus primeras experiencias como modelo —saliendo de Cali hacia París o Londres— fueron todo menos un trayecto sin sobresaltos: sin hablar inglés, con muy poco dinero en el bolsillo, un préstamo aquí y otro allá, ropa prestada, y la adaptación a climas y dinámicas culturales que le eran totalmente desconocidos. Hubo momentos en que tuvo que resistir la tentación de regresar a su país, y apelar al sacrificio, a la resiliencia,aferrarse al sueño de una vida distinta a la que parecía estar destinada.
«Es que realmente yo no tenía nada, ¿sabes? No tenía oportunidades en Colombia. Podía quedarme tras un mostrador de hamburguesas —donde hubiera podido escalar y llegar a ser gerente de tienda— pero yo sentía que no quería quedarme ahí para siempre. Entonces, cuando llegó la oportunidad de presentar el primer casting en París, hablé con mi familia, me senté y les dije: ‘Miren, existe la posibilidad de que me vaya del país». Las reacciones fueron de alarma: «¿Tú estás loca? ¿Qué tal que esto salga mal? ¿Qué tal que realmente sea trata de personas?». Y mi respuesta fue: «¿Qué tal que salga bien? ¿Qué tal que sí sea real? ¿Qué tal que pueda ser alguien en la vida y que realmente podamos todos salir adelante?». Finalmente, mi familia me apoyó con todo lo que pudo. El más reacio fue mi papá: «¡Estás loca!», decía.
La psicología ya no está en su horizonte. Entre risas, dice: «¡Con toda la terapia que me ha tocado aplicarme a mí misma para superar cada obstáculo, creo que ya me gané el título!». Hoy Natalia vive en Nueva York, junto a su novio y sus perros, a los que ama profundamente. Su éxito le ha permitido apoyar económicamente a su familia; a su madre, por ejemplo, le ha financiado la creación de su propia empresa de confección. «¡Imagínate, mi madre siendo su propia jefa!», dice.
Su éxito también cambió la percepción de futuro de sus familiares. «Al principio fue como un shock para absolutamente todos, porque nadie imaginó el impacto que yo iba a tener: salir y luego volver con la posibilidad de ayudarles, por ejemplo. También siento que me ven como una inspiración, sobre todo mis primitas: ‘Si ella pudo, yo también’. Tengo primas que trabajan y estudian, que ahora están en la universidad, y son cosas que sus mamás no tuvieron. Mi mamá no fue a la universidad; mi abuela tampoco. Entonces, siento que con toda esta historia se ha roto ese ciclo».
Ese ciclo roto es, quizás, la imagen más honesta de lo que esta portada representa. Harper's Bazaar nació con una mirada particular sobre la belleza, la moda y la cultura, una mirada que ahora, en su primera edición colombiana, se detiene en una mujer que tuvo que aprender a verse bella antes de que el mundo se lo confirmara. Natalia Montero no heredó su lugar en esta industria; lo construyó, pregunta tras pregunta, decisión tras decisión, hasta que la duda —«¿Qué tal que salga bien?»— se convirtió en certeza. Su historia no se cierra en ella misma. Se prolonga en cada modelo colombiana que encuentra un camino menos solitario que el suyo, en cada joven que empieza a sospechar que la belleza tiene más de un rostro. Ese es, al final, el verdadero linaje que esta portada celebra.
Fotografía: Andrés Oyuela.
Dirección de arte y estilismo: Pablo Correa.
Maquillaje: Laura Pantoja.
Pelo: Javier Martínez.
Uñas: Sara Sarita.