Unos pocos materiales hicieron todo el trabajo en el primer desfile neoyorquino de Magda Butrym. El placer de la colección estuvo en verlos discutir entre sí.
La premisa es una armadura sobre casi nada. El abrigo y el cuero mandan. Debajo hay seda transparente, lencería, encaje. Ninguna de las superposiciones está pensada para cubrir. Construye y desvela al mismo tiempo.
Primero, el abrigo.

Los abrigos son la columna vertebral de la colección. Uno llega en nailon recubierto color sangre de toro, con un brillo húmedo y plástico. Va ceñido a la cintura con su propio cordón, atado en un lazo flojo. Se abre hasta la cadera sobre unas piernas desnudas, con medias nude y unos peep-toes de charol en tono tostado. Tiene el volumen de una prenda de intemperie y el comportamiento de una bata.
El cuero está cortado mucho más cerca del cuerpo. Un midi abotonado en cuero oscuro recorre el cuerpo a base de costuras y pinzas. Se abre por delante para liberar una combinación de color crema rematada con encaje y una capa plisada, que se escapa mientras la modelo camina. La coraza fracasa, deliberadamente, a la hora de contener lo que guarda dentro. De su mano cuelga un bolso de charol con una hilera de perlas enrollada al asa.
Lo más afilado es una chaqueta con peplum en cuero brillante casi negro. Va marcada en la cintura. El cuello y los puños se erizan con un fleco denso de tiras de cuero cortadas. Se lleva una falda lápiz recubierta y el abdomen al aire, cruzado por una sola hilera de perlas. Es la silueta más formal de la colección y la menos pudorosa.


Luego, el crochet.

Un look invierte todo lo anterior. Un bomber de nailon caramelo, corto e inflado, con las mangas hinchadas a la altura del codo. Debajo, nada más que unas medias marrones transparentes con costura trasera marcada y una braguita rematada en crochet blanco festoneado.
La foto está tomada por detrás, y ahí está la gracia. El remate es el detalle que se suponía que ibas a entrever y no entrever. Una puntilla blanca festoneada es el acabado más doméstico que existe, de los que rematan una funda de almohada. Aquí remata una braguita que se lleva como prenda, bajo una chaqueta construida para el mal tiempo.
El encaje hace lo contrario.

Casi siempre va justo debajo. Una gabardina de seda color topo cae abierta sobre una combinación plisada transparente con paneles de encaje floral marfil. El encaje recorre el cuerpo en bandas verticales, no como borde.
Otra gabardina oscura con cinturón se abre sobre una camisa de seda estampada, un camisón con puntilla y unos pantalones transparentes en azul pálido. Todo se ve a través de todo. Se cierra con unas mulas de satén verde.
Y un vestido camisero de gasa color crema con estampado floral, abotonado hasta el cuello, va sobre una combinación con bajo de encaje. Recatado del cuello para arriba, completamente transparente del pecho para abajo.


Ahora las perlas y el rosario.

Las perlas están por todas partes, y rara vez donde uno esperaría. En el cuello, sí. Pero también enrolladas al asa de un bolso, cayendo sobre un vientre desnudo, largas sobre una camisa abotonada.
La verdadera noticia es un cambio de ensartado. Hay una combinación de gasa blanca transparente, con paneles de encaje fino en el escote y en el talle bajo, festoneada en cada borde. Se lleva unos pololos con puntilla, medias blancas y sandalias de tacón transparente.
En el cuello, las perlas no son un collar. Son un rosario. Una hilera larga cae por debajo de la clavícula. La interrumpe una barra metálica fina, exactamente donde iría la medalla central de un rosario. De ahí baja un tramo corto que termina en una crucecita de plata a la altura del esternón. Una segunda cruz cuelga de la oreja.
Las perlas llevan años siendo el material educado de Butrym, lo que vuelve presentable un abrigo de cuero. Reconstruidas con la geometría de un objeto de rezo, dejan de ser adorno y pasan a ser herencia. Es el otro legado de la abuela polaca, junto al delantal y la aguja de crochet. Llevado sobre un vestido transparente y unos pololos a la vista, el gesto aterriza justo donde vive la colección. Devoción y exposición en un mismo look, sin pedir perdón por ninguna de las dos.
Un quinto material se gana su sitio. Las plumas.

Llegan como una gran boa de marfil cruzada sobre un minivestido de punto fruncido color arena. Vuelven en negro, cayendo como una columna oscura sobre un vestido fruncido transparente que se lleva con medias. Y un vestido de satén de seda color chocolate, con escote drapeado y caído, se cruza en la cadera y baja en diagonal, rematado en todo su recorrido por plumas oscuras. Donde el cuero sostiene una forma, la pluma se niega a tenerla.


Por último, las rosas.

La flor de la casa ha cambiado de sitio. Las rosas de Butrym solían ir aplicadas sobre la ropa. Aquí cuelgan de las orejas. Una sola rosa color crema en un pendiente largo, con un vestido
de estampado floral en verde menta, fruncido hasta la cadera y rematado con un puño de piel sintética en una manga. El motivo sobrevive haciéndose pequeño.
El trabajo manual de este tipo lleva años siendo el argumento de diseñadores que operan fuera de las capitales tradicionales del lujo. La tradición de la mochila wayúu en Colombia y firmas como Johanna Ortiz o Silvia Tcherassi llevan tiempo insistiendo en que la artesanía de la periferia merece pasarela internacional y precio internacional. Butrym acaba de defender lo mismo en Nueva York, de forma independiente y sin ningún conglomerado detrás.
Nada de esto es impracticable. El cuero y las gabardinas harán el trabajo silencioso de un armario. El encaje y las combinaciones encontrarán a la clienta que ya quiere más de lo mismo. Pero el crochet y ahora el rosario son lo que se recordará, lo que se fotografiará y lo que acabará copiándose.