Pocas palabras se usan tanto y se definen tan poco como bienestar. La literatura ha producido abundantes aportes conceptuales y empíricos sobre el tema, pero los autores no han logrado ponerse de acuerdo sobre qué es, exactamente, el bienestar. Tiene múltiples aristas, contextos, enfoques y proyectos. Es un concepto comunitario, individual, social, político y económico, por solo nombrar algunos de sus apellidos. Sin embargo, en el momento actual, gobernado por la tecnología, la inteligencia artificial y la globalización, se ha insertado un concepto de bienestar que, si no se mira con cautela, podría producir el efecto contrario de lo que la misma palabra busca: el bien – estar corre el riesgo de traducirse en el mal–estar. Este texto parte de una hipótesis: el bienestar no consiste en un estado permanente de plenitud ni en el cumplimiento de una fórmula ajena, sino en la capacidad de cada individuo de aceptar y crear su propio ritmo, hecho de expansiones y contracciones, de placer y de dolor.
Son más bien pocas las personas que no son víctimas del club de las cinco de la mañana, la meditación, la gratitud, la manifestación, el mindful eating, los triatlones, la terapia, el manejo de emociones y las dietas, entre otros. Y no está mal, pero muchas veces este supuesto bienestar viene ligado a la exigencia y al agotamiento, a hacer lo que los demás hacen sin cuestionar si realmente genera satisfacción personal. Porque el bienestar no debería buscar estimulación y cumplimiento incesantes, sino paz y aceptación permanentes, independientemente de la coyuntura.
“Acepta lo que venga tejido en el diseño de tu destino porque, ¿qué podría acomodarse más adecuadamente a tus necesidades?”, dijo Marco Aurelio hace casi 2000 años (como se citó en Tolle, 1997/2001, p.173).
Y es que, según Eckhart Tolle (1997/2001), “las condiciones no son siempre positivas. Para ser más preciso: no son ni positivas ni negativas. Son como son. Y cuando usted vive en una aceptación completa de lo que es – que es la única forma cuerda de vivir – no hay ´bueno´ ni ´malo´ en su vida. […] puede haber tristeza y lágrimas, pero en caso de que haya abandonado la resistencia, [incluso] bajo la tristeza usted sentirá profunda serenidad, una quietud, una presencia sagrada” (p.172).
Así, el bienestar debería poder abarcar la capacidad de reconocer los distintos estados de la vida, sin convertir todos ellos en problemas que deban solucionarse, sino en la aceptación de lo que son. Tolle lo explica a partir de los ciclos: "[n]o es cierto que el ciclo ascendente sea bueno y el descendente malo [...]. El crecimiento se considera positivo habitualmente, pero nada puede crecer por siempre. Si el crecimiento de cualquier tipo continuara por siempre, se volvería eventualmente monstruoso y destructivo. Se necesita la disolución para que pueda ocurrir un nuevo crecimiento. Uno no puede existir sin la otra" (Tolle, 1997/2001, p.178). La idea de bienestar actual se asemeja mucho a ese crecimiento sin pausa: exige estar siempre en ascenso, ser más productivo, más sano, más agradecido, más tranquilo, y trata cualquier descenso como fracaso.
Por eso, es importante tomar distancia de lo que usualmente se piensa que es el bienestar. No se puede vivir según una idea de bienestar que no construye el individuo por y para sí mismo, so pena de que simplemente se convierta en una forma de exigencia social camuflada.
Crear el propio concepto de bienestar
Así pues, aceptar lo que es no significa aceptar sin más la definición de bienestar que otros han construido. Lo que se acepta es el propio estado, no el modelo ajeno. Esta definición puede y debe construirla cada quien, y en eso resulta bastante útil el planteamiento del doctor Joe Dispenza (2012), quien explica el potencial que tienen los seres humanos de ser los creadores de su propia vida. Tal es la magnitud del potencial humano. ¿Por qué no podrían, entonces, ser los creadores de su propio concepto de bienestar?
De acuerdo con el doctor Dispenza, el ser humano común tiene la capacidad de hacer cosas sobrenaturales: curarse de enfermedades, forjar abundancia, tener experiencias místicas, conocer al amor de su vida, conseguir su trabajo soñado y, para no ir muy lejos, crear una vida diferente. Para eso, el ser humano debe ir más allá de las emociones de su pasado y de la respuesta emocional a sus recuerdos. Si repite a diario los mismos pensamientos, es imposible que tome decisiones diferentes y que cambie su comportamiento para lograr experiencias distintas en su día a día. Nada va a cambiar, en términos de Dispenza (2012), si el ser humano no cambia primero. Es imposible, en sus palabras, crear una nueva realidad si el ser humano mantiene la misma personalidad. Además, afirma que es muy difícil lograr un cambio cuando el estrés entra a la ecuación. Y si la misma idea de bienestar actual tiene el potencial de generar estrés, hay una aporía evidente. El estrés se vuelve obsesión, la mente elige el peor escenario, el cuerpo entra en modo alerta y el ser humano quiere controlar, predecir y obtener un resultado particular. La idea moderna de bienestar podría estar generando ese resultado y, en últimas, un sistema nervioso fuera de orden.
Sin embargo, sí es posible cambiar la mente, darles nueva información a los genes, crear nuevas conexiones sinápticas, suministrar información diferente al cerebro, enseñarle al cuerpo a responder de manera distinta, transformar la biología de cada individuo, crear nuevos pensamientos, acciones y sentimientos.
Todo esto con el objetivo de break the habit of the old self, pues − como se mencionó anteriormente − el mismo conocimiento, las mismas experiencias, emociones y entendimientos arrojarán siempre los mismos resultados.
A primera vista, esta invitación al cambio podría parecer contraria a la aceptación que propone Tolle. Las dos ideas operan, sin embargo, sobre tiempos distintos: Tolle pide aceptar lo que es en el presente, y Dispenza invita a crear una realidad diferente hacia el futuro. Una prepara a la otra, porque quien se resiste a lo que vive queda atrapado en el estrés que, según el propio Dispenza, hace casi imposible cualquier transformación. Aceptar el presente es, en ese sentido, el punto de partida para cambiar la realidad futura.
Es una idea bastante seductora: cambiar la vida al cambiar la mente. Y de ella se desprende una consecuencia igual de atractiva: si es la mente del individuo la que debe cambiar, no tiene sentido que lo haga con base en definiciones colectivas. El bienestar tendría que responder, entonces, a un ritmo propio.
Las cefeidas: el ritmo propio
Ese ritmo propio tiene un ejemplo en el universo del cual el individuo es una parte integral, y se encuentra mirando hacia arriba, hacia las estrellas. Hay unas estrellas cíclicas que no brillan siempre con la misma intensidad: se expanden, se contraen y vuelven a expandirse, para volverse a contraer. De acuerdo con el Center for Astrophysics | Harvard & Smithsonian, (s.f.), las cefeidas “son estrellas gigantes pulsantes” cuya “temperatura y tipo espectral varían a medida que pulsan”. Su tamaño y su luminosidad también varían durante cada ciclo, debido a la constante lucha entre la gravedad y la presión derivada de las reacciones nucleares que existen en su núcleo. Su belleza y su utilidad residen justamente en su versatilidad. Es en el cambio donde reside su identidad, en la lucha de fuerzas que – aunque opuestas – encuentran armonía. Lo que Tolle describía como un ciclo ascendente y uno descendente, que no son en sí mismos buenos ni malos, la cefeida lo cumple a escala estelar: su contracción no es un fracaso, sino la condición de su siguiente expansión.
Lo notable es que ninguna cefeida pulsa al ritmo de otra. El periodo de cada una de ellas lo determina el equilibrio de sus propias fuerzas. Así, si el bienestar es un concepto que se construye de adentro hacia afuera, debería, al igual que las cefeidas, tener un ritmo propio que ninguna definición colectiva pueda acelerar o pausar. Es lo mismo que el doctor Dispenza plantea para el ser humano: nadie distinto de él mismo puede fijar el ritmo de su propio cambio.
Es claro que una cefeida no elimina la pugna entre presión y gravedad, sino que pulsa gracias a ella. Y es que antes de que existieran definiciones colectivas, exigentes y agotadoras, el ser humano levantaba su mirada al cielo, donde encontraba ciclos. El mismo cielo enseñaba que vivir es oscilar y aceptar el ritmo de cada momento.
Para entender cómo veían los antiguos la vida, es fundamental acudir a Nietzsche, quien se hizo esta pregunta a partir del pueblo griego. La respuesta se encuentra en El nacimiento de la tragedia, donde la vida aparece, como en las cefeidas, gobernada por la pugna de fuerzas opuestas: Apolo y Dioniso; la belleza y la tragedia; el éxtasis y el dolor.
El pueblo griego: la belleza del dolor
El nacimiento de la tragedia es un libro escrito por el joven Nietzsche, a través del cual buscó “ver la ciencia con la óptica del artista, y el arte, con la de la vida…” (Nietzsche, 1872/2012, p. 16). ¿Por qué que la especie más lograda y bella tuvo la necesidad de la tragedia? ¿Qué tienen que ver la tragedia y la tendencia a la representación de lo feo y lo disarmónico con el placer y con un pueblo bello? ¿Existe un pesimismo de fortaleza? Estas son apenas algunas de las preguntas que se hizo Nietzsche para entender cómo surgió la tragedia en los griegos y, paralelamente, cómo murió.
En un comienzo, el pueblo griego se veía a sí mismo como un sátiro entusiasta y un hombre primitivo dionisíaco.
En su mundo solo se conocía un devenir, un construir y un destruir −muy parecido a la expansión y contracción de las cefeidas − emociones y pasiones, el mundo era simplemente la redención del dios Dioniso y no había lugar para el bien ni para el mal, y mucho menos para el terreno de la compasión o del miedo. Era, casi en los mismos términos, la vida que describe Tolle para quien acepta lo que es. El hombre griego tenía un ojo cristalizado por el dolor, miraba con la intención de entregarse al éxtasis; era ajeno a la perversión y a la delimitación del actuar y estaba desprovisto de minuciosidad, pues lo único que anhelaba era, independientemente del bien o del mal, darse cuenta de sus propios placeres: un bienestar que no pedía permiso.
Para el joven Nietzsche, la cuestión fundamental de ese pueblo jovial, el más bello, era su relación con el dolor, pues su anhelo de belleza surgió de la melancolía y de la comprensión de que la existencia era funesta. Fue la demencia y la irracionalidad — por el hecho de que el azar de la vida dependía de los dioses — la que trajo “ las máximas bendiciones sobre la Hélade” (Nietzsche, 1872/2012, p.31) y la que creó la tendencia a que el sufrimiento, las separaciones más dolorosas y lo feo fueran representados de la manera más bella una y otra vez; y a su vez fue la lógica, la racionalidad, el miedo, la perversión, la falta de carácter para asumir el mundo y el optimismo ajeno al arte y corrosivo de la vida, el que comenzó la decadencia de aquel pueblo satírico. Ese optimismo, que pretendía eliminar el dolor de la vida en lugar de integrarlo, guarda un parecido inquietante con la idea de bienestar moderno.
Para entender cómo lograban los griegos integrar el dolor en lugar de eliminarlo, el primer concepto que hay que comprender es lo dionisíaco, y para ello es menester visualizar su estrechísima relación fraternal con lo apolíneo. Esta dualidad es precisamente la aurora de la tragedia. Por un lado, la relación del griego con el devenir de Dioniso es fundamental: se sitúa en medio de un desbordamiento de vida, sufrimiento y dolor, en un delirio paradisíaco. La vida era un devenir y un acontecer de un dios-artista, un dios-creador, un dios que se redimía en el mundo y descargaba en él todas sus pasiones y sus emociones, no solo lo perfecto, no solo lo bueno, sino lo natural y el placer primordial percibido incluso en el dolor.
Mientras Dioniso es lo absoluto, las sensaciones — entre ellas, el dolor —, Apolo es, por otro lado, lo particular: el que hace visible eso tan abstracto, el que domina la hermosa apariencia del mundo interno y da origen al principio de individuación. Gracias a él, en medio del caos de la totalidad, en la unión con la naturaleza, aparece el individuo, montado en una “barquita” que le aporta tranquilidad y firmeza en las tormentas, por más de que sea una embarcación débil; a través de ella hablan el placer y la sabiduría de la apariencia. Como la gravedad y la presión en las cefeidas, ninguna de las dos fuerzas anula a la otra: el individuo existe porque hay una barca, pero la barca solo tiene sentido porque hay tormenta.
Pero para poder profundizar aún más en esta dualidad, hay que acercarse al rol de los dioses del Olimpo. El griego comprendió que los dioses, en el cielo, estaban sobre ellos, que el destino era inmodificable y que la única forma de vivir en un mundo doloroso era embelleciendo el sufrimiento y, por ello, justificando la existencia de la vida como fenómeno estético. El anhelo de conseguir esta belleza surgió precisamente de su antítesis, de la melancolía y de la privación. Para ellos, era un hecho que la existencia era funesta, así que todo tomó el rumbo de la irracionalidad, de la asunción de que la vida dependía puramente del ritmo de los dioses y fue aquí cuando se dieron imágenes bellas a todas las cosas terribles como solución para asumir el dolor. No intentaron eliminar el dolor ni convertirlo en un problema por resolver: lo aceptaron como parte del ritmo de la vida y aprendieron a habitarlo a través del arte. Esa es, en otros términos, la capacidad que este texto propone como bienestar.
Era ese pueblo pesimista el que verdaderamente podía llegar a conectarse con la totalidad, y a estar convencido de que incluso lo feo y disarmónico era un juego artístico de la vida, pues cuando empezaron a anhelar la lógica y el pensamiento, consecuentemente a expulsar al dios y a tener pretensiones morales y doctas, fue cuando se volvieron más miedosos y cobardes, cuando el arte se volvió interpretación y por lo tanto un engaño, una negación de la vida que ya no buscaba refugiarse en el seno de las realidades. La decadencia griega empezó, entonces, en el mismo lugar que el malestar descrito por Dispenza y Tolle con el momento presente: en el deseo de controlar, explicar y corregir lo que simplemente es.
Lo diferencial y especial de aquel instinto griego-dionisíaco es su significado de redención del mundo y de transfiguración: aparece en el dolor el placer. De lo anterior se confirma que en el mundo griego “está divinizado todo lo existente, lo mismo si es bueno que si es malo” (Nietzsche, 1872/2012, p. 52). Justamente aquí el sufrimiento se glorificaba. Todo se glorificaba: se aceptaba lo que es, en los mismos términos en que lo plantea Tolle.
El hombre helénico, la imagen primordial del ser humano, lograba hacerlo: sufría y reflejaba sus sentimientos más sinceros; tenía una mirada pura, “vidriada por el dolor”, que no se deja cubrir por ningún manto de la perfección, pues estaba capacitada para el dolor.
Nietzsche llegó a la conclusión de que el hombre civilizado construyó una mentira civilizada: una aglomeración de ilusiones culturales que le dio paso al hombre moderno y que condujo a la catástrofe. Esa mentira civilizada no está lejos de la definición colectiva de bienestar de la que se habló al comienzo: una ilusión cultural que se asume como la única realidad posible.
Por el contrario, el griego entendió que la vida era un devenir y un acontecer. La solución del griego fue embellecer la desgracia de la vida y glorificar el sufrimiento; no les quedaba otra salida que justificar la existencia del mundo de manera estética. Desde un principio, la vida no ha sido más que una formación y una destrucción constantes, una pugna incesante entre Apolo y Dioniso; entre belleza y tragedia; éxtasis y dolor. Y es esta misma lucha la que da nacimiento al arte y la que debería darle nacimiento al bienestar contemporáneo.
Expansión no es triunfo; contracción no es fracaso
Nietzsche aporta a esta conversación porque recuerda que la vida no es solamente claridad, equilibrio, belleza, luminosidad. Está hecha de contradicción, exceso, dolor, deseo, oscuridad y transformación. Tal vez el bienestar no es una vida sin tragedia, no es un ser humano resiliente que puede con todo. Puede serlo. Pero también puede ser un ser humano vulnerable que tiene el coraje de reconocer su imperfección. Incluso, puede ser el mismo ser en diferentes momentos de su vida: aquel que persiste, otro que resiste y otro que desiste. Lo realmente importante es que recupere la autoridad para tener su propio significado de bienestar. Uno que le permita cambiar, que le permita expansión y contracción. Dispenza recuerda que ese significado puede crearse; Tolle, que solo puede crearse si antes se acepta lo que es. Las cefeidas, al igual que los griegos, lo reiteran: pulsar no es fallar, expansión no es sinónimo de mejoría y contracción tampoco se asemeja a un error. Depende del ritmo y de la melodía de cada individuo. Solo así el bien-estar deja de ser una exigencia y vuelve a ser, simplemente, estar bien con lo que es.