Se dice que Colombia está en tendencia. Que hoy ocupa el centro de las narrativas creativas y que protagoniza un nuevo boom latinoamericano. Aunque las cifras confirman una industria en plena expansión, lo que ocurre es un cambio de paradigma: una transformación en las narrativas que inspiran, desafían perspectivas y abren el espacio a discursos disruptivos. Para entender este fenómeno, conversamos con Gloria Saldarriaga, una creativa, gestora cultural y asesora de moda con más de veinte años inmersa en el universo del arte y la moda.
Gloria, es un gusto conversar contigo. Para empezar, ¿quién es Gloria Saldarriaga?
Nací en Medellín y estudié diseño gráfico con énfasis editorial. Trabajar en una editorial haciendo producción fotográfica me amplió el mundo estético en una época donde los oficios no estaban tan separados como hoy; allí afiné el ojo y el estilo. Luego, en 2003, abrí en Bogotá una galería itinerante de arte contemporáneo que hacía dialogar las obras con la arquitectura. Fue un modelo muy innovador, una suerte de pop-up cuando el concepto ni existía. Hoy cerré esa etapa y me dedico a la consultoría de arte, dividiendo siempre mi vida entre mis dos pasiones: el arte y la moda.
Al ver que te has movido en todos estos ámbitos de lo creativo, me parece importante saber ¿cómo nació tu interés por las industrias creativas?
Creo que fue de toda la vida. Siempre he tenido una forma especial de ver la vida y todo lo que nos rodea; busco la belleza en todos los días, como digo yo. No me quedo con un solo punto de vista, me gusta mirar desde todas las perspectivas.
Colombia lleva décadas exportando narrativas que el mundo le impuso, narrativas que reflejan ciertos estereotipos de violencia, de armas, de asuntos ilícitos, ¿sientes que los creativos colombianos han logrado darle un giro a esta concepción?
Pienso que esas narrativas negativas ya están fuera de contexto. Nosotros como colombianos cargamos una culpabilidad implícita y es muy raro porque uno no sabe de qué. Ahora la balanza está tan distinta que hay más cosas buenas que malas. Colombia siempre ha estado en el boom. Tú le dices a alguien que eres colombiana y siempre hay una sonrisa, un asombro, una curiosidad. Hasta el mismo nombre es muy sonoro y genera algo muy bonito para gente que no conoce esta región de Suramérica. Yo creo que en parte esto ha pasado gracias al trabajo de todos nosotros.
Artesanos, galeristas, diseñadores, estudiantes, fotógrafos, maquilladores, cantantes, estilistas, directores de cine, guionistas, escritores; todos con sus productos han contribuido a que el país sea conocido por el talento de su gente y no por un pasado impuesto.
Teniendo en cuenta esto, ¿con qué nombres podrías definir este momento creativo?
Stephania Yepes, estilista de moda. Melissa Duque, diseñadora de moda. Natalia Criado, diseñadora industrial. Santiago Restrepo, diseñador industrial. Camilo Álvarez, diseñador de moda. Camila Vélez, chef. Juan Carlos Obando, director artístico. Andrés Caro, joyero.
Llevas más de 20 años en el ecosistema de las industrias creativas en el país, como galerista con Alcuadrado, como coleccionista, ¿qué es distinto en lo que está pasando ahora versus lo que pasaba en los 2000?
Todo se ha especializado. Hay muchas facultades de diseño ahora, acá en Medellín y en las ciudades importantes como Bogotá. Eso ha hecho que haya más creativos y más especialización. El mundo se ha vuelto más pequeño, hay más información,y a la gente le da curiosidad venir a Colombia: ha sido un intercambio muy bonito de gente que viene y de colombianos que van a otras partes. Esa sinergia nos ha ayudado.
No cabe duda de que las industrias creativas presentan un crecimiento real y medible que apunta a un sector sólido y en expansión, entonces, ¿cuáles son los factores por los que se ha dado ese boom creativo?
El boom no es de ahora, ha estado siempre, siempre hemos estado en la mira. Lo más importante de este momento es creernos el cuento de que somos una potencia creativa, que tenemos todas las capacidades del mundo. No es que Colombia «Está hot» ahora; lo ha estado siempre. Lo que tenemos que hacer es apropiarnos de ese renacimiento de la parte creativa que tenemos.
Al hablar del «Hay que creérsela» y de la necesidad de encontrar herramientas para empoderar a todas esas personas que hacemos parte de las industrias creativas, ¿qué le falta al ecosistema colombiano para que los creativos interioricen este discurso?
A nivel de arte y de moda tenemos muy buenas plataformas: ArtBO, el Bogotá Fashion Week, Colombiamoda, Colombiatex. Esas plataformas permiten el intercambio de saberes: viene gente y nosotros también podemos exportar conocimiento. No obstante, las universidades son importantísimas. Por ejemplo, yo incentivaría los intercambios con universidades de otros países.
Hoy, es evidente que existe una tensión entre lo local y lo que llega del mercado internacional, a tu parecer, ¿cuál sería la manera correcta para navegar este fenómeno?
Si vamos a hablar de lo local, la universalidad y el sello propio, el público de Colombia es muy distinto al de España o Italia; se trata un poco de globalizarnos en el gusto, pero también de tener un sello propio. El diseño colombiano lo tiene. Para empezar, no tenemos estaciones, y eso es diferenciador y puede ser un punto a favor para mostrar nuestra moda afuera, porque no tenemos esa presión de los ciclos estacionales.
Precisamente, como parte del mundo creativo, siempre he pensado que el contexto no solo moldea lo que producimos, sino que también lo inspira, ¿qué piensas de esta idea?
Colombia es un país rico en inspiración desde todo punto de vista: hay naturaleza, hay conflicto (político, social), y eso también es parte de la inspiración. Es un país muy gustoso, con regiones tan distintas y eso amplía todo el panorama. También da la oportunidad de recontextualizar y darle la vuelta a las cosas. La recontextualización de los objetos es una herramienta supremamente poderosa, pues nutre los nuevos discursos y da pie a otras narrativas alejadas de los estereotipos llenos de polvo. El pasado no desaparece, pero sí puede mutar en las interpretaciones y en las apropiaciones que se hacen de él.
Ahora bien, el hecho de que seamos el foco de atención en el mundo por nuestros productos artesanales, también ha abierto la puerta a otro debate, el de enaltecer las raíces y la dignificación del trabajo artesanal, ¿cuál es tu opinión respecto al tema?
No sé si sea tendencia ni moda, sino un despertar. Uno siempre mira hacia afuera, hacia muy lejos y ya estamos mirando lo que tenemos cerca. Hay un orgullo, valoramos más lo que sabemos hacer; ese pasado ancestral de las artesanías. Se trata de dignificar esos oficios a través del diseño. Por ejemplo, el pago me parece importantísimo y estar presentes ante esas necesidades, pero sin caer en el discurso del pesar. Hay que dignificar el oficio sin exotizar: son personas que tienen la habilidad de tejer, de hacer canastos y se les tiene que pagar bien.
Entonces, ¿cuál es el mayor reto para los creativos de este país en este momento?
El reto creativo actual no es solo diseñar para el presente, sino gestionar el ciclo de vida del objeto. Esto puede generar una dualidad pues se puede crear a partir de materiales que tengan una muy buena durabilidad. Que sean de calidad y que tengan una biodegradabilidad para que regresen orgánicamente a la naturaleza sin dejar huella. Necesitamos marcas que se proyecten en el tiempo, que tengan impacto y que generen trabajo.
Para cerrar esta conversación, ¿qué debería saber el mundo de la escena creativa colombiana?
Nadie necesita saber más si lo que se muestra es bonito y de calidad. Por eso me parece importante pensar que no es moda colombiana, es moda universal. Si la prenda es bonita y de alta calidad, no se necesitan más discursos. Con «Hecho en Colombia» ya está dicho todo. Se puede caer muy fácilmente en estrategias de mercadeo como el greenwashing y en lógicas de sobreconsumo que van en contra de los tiempos de los materiales y de la confección. Lo que se necesita es valorar la calidad por encima del discurso. Frente a la inmediatez de una etiqueta sostenible, la verdadera coherencia radica en el respeto al oficio: entender que un textil tiene su propio ritmo.
En definitiva, si tuviera que utilizar una frase para definir el momento artístico y creativo por el que atraviesan las industrias del sector, diría «Hay que creérsela». Creernos de verdad que somos buenos, que somos competentes, que podemos estar a la par. En Colombia podemos estar limitados en estilos, en máquinas para hacer cierto tipo de prendas y aun así hemos hecho muy bien el ejercicio creativo. Y es que aquí, practicamos una lógica del rebusque, de crear cosas nuevas con lo que tenemos, y eso deja una impronta en cada producto creativo y cultural. Cuando hay limitaciones uno se vuelve mucho más creativo; si tienes todo el dinero del mundo para hacer lo que quieres, tu creatividad no se expande de la misma manera.