Cuando nos encontramos con una figura tan grande como Totó es inevitable evocar su memoria a través del arte que nos dejó en vida: esas canciones y melodías que hacen parte del ADN musical del país. Sin embargo, al hablar con Adriana Lucía, una de sus herederas artísticas más cercanas, se revela otra faceta. Totó, cantadora y maestra del folclore colombiano, no solo se encargó de enaltecer nuestras tradiciones, también fue un nexo crucial entre la oralidad y la vanguardia. Un puente que conectó el campo con la ciudad y que aún sigue entrelazando a generaciones enteras.
El pasado 19 de mayo, Sonia Bazanta Vides, más conocida como Totó La Momposina, murió en Celaya, Guanajuato. Una latitud distante y ajena a su natal Talaigua, un territorio fluvial perteneciente a la región de La Mojana, en el departamento de Bolívar. Para Adriana, quién es originaria de El Carito, Córdoba, la noticia no fue una sorpresa, pues sabía que Totó llevaba varios meses en cuidados paliativos.
«Yo siempre me imaginé que Totó iba a morir en una tarima. Ver que se fue apagando, que ya no hablaba y que ya no era consciente de muchas cosas, me pegó muy duro porque siempre la vi como una mujer fuerte. Aunque me sigue doliendo enormemente, puedo decir que tomé su muerte, de alguna manera, como un descanso de este plano terrenal».
Un puente generacional
Además de referente, Totó fue —y sigue siendo— una pionera para muchos artistas latinos. De hecho, fue esa matriarca que abrió la puerta y puso a Colombia en el mapa mucho antes de que otros artistas fueran reconocidos en el exterior. Lo más admirable y fascinante de su figura es que Totó sí sabía quién era y lo que significaba; por eso tenía una presencia mítica que se adueñaba dentro y fuera de los escenarios. «Cuando pienso en ella, más allá de lo musical, la veo como una matriarca. Como la columna vertebral y una gran arquitecta de la identidad colombiana».
Y es que, ‘Totico’, como le decía de cariño su hijo Marcos Vinicio, no fue ajena a la violencia de un país que sigue sin saber ponerse de acuerdo. Como consecuencia de este contexto y de las narrativas que imperaban en esa época del progreso y de la migración del campo a la urbe, llegó muy pequeña a la ciudad de Bogotá junto con su familia. Fue aquí donde su madre y su abuela, herederas de un extenso linaje artístico, notaron su talento y, sobre todo, su madera para la música.
Con la firme convicción de que debía cantarle a sus raíces, la prepararon para volver a su tierra y así aprender los sonidos, las formas de vida, las creencias y las maneras de relacionarse ligadas al Magdalena. No obstante, también se empapó de las costumbres y tradiciones de otras culturas y gentes, pues tuvo la oportunidad de estudiar en prestigiosas universidades como La Sorbonne en París, de grabar en los estudios de Peter Gabriel en Londres e, incluso, de vivir cinco meses en Rusia en tiempos de la Unión Soviética.
Ese tránsito constante entre las raíces profundas y la vanguardia global no obedecía a la casualidad, sino a la visión de una artista consciente de su impacto. «Totó sabía construir esos puentes porque ella misma era el puente. Tenía la lucidez de decir: ‘Tengo que tomar esto y conectarlo con la ciudad; tengo que hacer esto y conectarlo con el mundo’». Siempre tuvo una convicción absoluta de su misión: la de tejer redes con el exterior para salvaguardar el conocimiento y así, poder transmitirlo a otras generaciones. Nada en su historia fue producto del azar.
Una rebelde musical y una gran maestra
Al hablar con la intérprete de Pueblerina, es palpable que no solo existía una profunda cercanía personal con Totó, además sus raíces musicales están unidas por el mismo territorio. Desde muy pequeña, creció bajo el arrullo de las cantadoras y bailadoras que honraban la cotidianidad del folclor costeño. «Yo crecí en Córdoba, una región donde desde muy niños nos enseñan a escuchar estas músicas. Aquí la mujer es muy importante dentro de nuestras tradiciones, a diferencia de otros géneros del Caribe que tienen un origen masculino. Aquí la mayoría de los ritmos provienen de mujeres; recuerdo escuchar bullerengues, porros y cumbias de Lucy González, la Niña Emilia, Etelvina Maldonado y Petrona Martínez».
Por otro lado, no fue sino hasta que la vio por primera vez en vivo cuando la perspectiva de Adriana cambió radicalmente. Aunque ya la respetaba como un referente que rescataba la tradición oral, el escenario le reveló a una Totó magnética y disruptiva, cuya propuesta incluía guitarras, bajos e influencias que iban desde los sones y boleros cubanos hasta una instrumentación contemporánea.
Lejos de una imagen de diva intocable, descubrió una fuerza de la naturaleza que era capaz de inundar el escenario con su presencia. «Yo no la veo como una diva; yo la vi como una artista de rock and roll, de New Orleans. Una matrona fuerte, descalza, cantando por horas y totalmente consciente de quién era. Tenía guitarras, bajo, instrumentos de viento... De pronto la gente no sabe eso, pero ella tenía muchas influencias y eso aún me parece impresionante».
Nadie es profeta en su propia tierra
Es claro que no todo es color de rosa y que el legado de una figura tan mítica como Totó hace visible una de las grandes contradicciones de la industria musical y de las industrias creativas en general. Muchas veces las audiencias locales valoran el talento sólo cuando recibe el aval en latitudes extranjeras. En el caso de Totó, su primer disco llegó a Colombia en 1983 tras ser grabado en Francia, y su álbum más icónico, La Candela Viva —el trabajo que finalmente la consagró ante el público—, fue grabado en Londres en 1992. Lo paradójico es que, antes de recibir esa validación del Norte global, la maestra ya sumaba casi tres décadas cantando en un territorio donde muy pocos reconocían el tamaño de sus logros. Colombia solo empezó a saber de ella cuando su música regresó «embalada» como un producto cultural importado desde Inglaterra.
Para Adriana Lucía este fenómeno no es una simple anécdota. Es un espejo incómodo que nos exige una profunda autocrítica como sociedad. «¿Por qué tenemos que esperar esa aprobación de afuera? Esto me preocupa mucho. Es algo que me hace mucho ruido en la cabeza». Ella reconoce que muchos músicos actuales se sienten de esta manera y lo que debería ser un caso aislado, se ha convertido en una narrativa que funciona casi que como «acto de iniciación» en esta industria.
A veces, parece que lo que valoramos más es un premio que reciben en otro país, en lugar de su trabajo diario en el nuestro. Al final, el camino de Totó expone una tarea colectiva aún pendiente: la urgencia de educar al público y hacerle entender el valor incalculable de lo que se produce en casa, antes de que el resto del mundo decida descubrirlo por nosotros.
Este debate histórico obedece a un problema estructural heredado de nuestro pasado colonial: la costumbre de creer que lo extranjero es superior y que el futuro solo es posible al alejarnos de nuestras raíces. Ahora bien, el panorama actual muestra los primeros indicios de un cambio, impulsado en gran medida por los jóvenes. «Yo soy una fanática de las nuevas generaciones (...) veo en ellos un interés por cosas que a nosotros nunca nos interesaron», afirma la artista. Es admirable cómo las nuevas generaciones están liderando un despertar identitario en un país marcadamente rural que durante décadas se negó a reconocerse como tal.
Parecería que la partida de Totó llega en un momento bisagra para la industria musical en el país, pues este esfuerzo conjunto para institucionalizar el orgullo local alcanzó su punto más alto con la aprobación de la Ley de la Música en el Congreso de la República, el pasado 3 de junio. Una ley que reconoce la importancia de esta industria para el desarrollo de la nación y que busca fortalecer a artistas de músicas tradicionales, luchar por la equidad de género y mejorar las oportunidades de movimientos musicales emergentes locales.
El eco del Aguacero de mayo
Es una fortuna que las carreras de ambas artistas se cruzaran en diversos puntos de la vida. Uno de los más recordados y significativos fue una presentación conjunta en la primera edición del Festival Cordillera, en septiembre de 2022, un hito que terminó convirtiéndose en el último espectáculo en vivo de la maestra. Al recordar la imponente presencia de Totó sobre ese escenario, resulta inevitable trazar paralelismos con míticas figuras femeninas del R&B: «Definitivamente se me vienen a la cabeza nombres como Aretha Franklin o Nina Simone; una mujer así, con esa fuerza. Eso es lo que pensé cuando vi que se paró de la silla en la que estaba y comenzó a cantar El pescador».
Sin embargo, detrás de la mística del show se escondía una realidad compleja. Después de la pandemia, la salud de Totó se había deteriorado rápidamente debido a una enfermedad que afectaba su memoria y su habla. Esto la obligó a permanecer sentada durante el concierto, con la indicación de que los demás artistas cantarían por ella. Su canción El pescador fue el centro de un momento inolvidable. Esta pieza está ligada a su infancia, a la nostalgia y a sus memorias en aquella región anfibia. Incluso sesenta años después de grabada, todavía se le quebraba la voz de la emoción y tenía el poder de devolverla a ese estado poderoso y fuerte por el que siempre se distinguía.
Aquella tarde en el Cordillera no fue solo una despedida, fue una declaración. Quienes tuvieron la suerte de presenciar aquel histórico concierto, aún guardan en su memoria la proclama que la misma Adriana Lucía emitió desde la tarima y que, hoy, resuena más viva que nunca: «Este día termina su historia en los escenarios y ustedes van a acordarse, por siempre, que asistieron al último concierto de Totó La Momposina. Pero no va a ser la última vez que sus tambores y su música retumben porque nosotros los colombianos nos vamos a comprometer a que su legado permanezca vivo para siempre».
No cabe duda de que el mejor homenaje para Totó es honrar su legado manteniendo vivo su arte. Así que, el verdadero compromiso con la memoria musical del país no debe depender únicamente de las decisiones de disqueras y de las plataformas; pertenece al día a día en las casas y en las aulas. Adriana Lucía insiste en la necesidad de sembrar esta semilla en las nuevas generaciones: «Yo siempre he pensado que nadie puede querer lo que no conoce, pero una vez lo conoce, uno lo ama. Hay que ponerlo en casa, hay que lograr que la gente se enamore de esto». Cuando un niño crece escuchando los ritmos de su tierra, se genera un vínculo emocional tan estrecho que lo acompañará por el resto de su vida, sirviendo como un ancla hacia sus propias raíces.
Es curioso que Totó se haya ido en mayo. Como si la vida hubiese querido cerrar un círculo. Como una misteriosa sincronía. Como el cumplimiento de una profecía escondida en uno de sus himnos: «Mañana, cuando me vaya, ¿quién se acordará de mí?» y «¿Quién se acordará de mí? Solamente la tinaja por el agua que bebí». Y es precisamente en este mes cuando llegan las lluvias y termina la sequía. Cuando los ríos recuperan su fuerza, las ciénagas vuelven a inundarse y la tierra despierta. El agua regresa para devolver la vida. «Tan grande Totó que hasta se pudo haber muerto cualquier día, pero escogió morir en mayo para poderle cantar su aguacero en mayo hasta el final de los días» revela Adriana Lucía con la voz entrecortada.
En definitiva, mantener la obra de esta matriarca de la música latinoamericana no es tarea de una sola persona, es un pacto cultural colectivo. Un compromiso de personas, comunidades, organismos e instituciones que aseguren que su legado no quedará en el olvido. Podría decirse que el silencio que dejó su partida, hoy se llena con el latido de los tambores que resuenan en las manos de sus hijos —Angélica María, Eurídice Salomé y Marcos Vinicio—, de sus herederas artísticas y de aquellas generaciones que apenas descubren alguna de sus canciones. Ese, al final, es el mejor de los homenajes: mantener vivo, para siempre, el eco del Aguacero de mayo.