CARMEL SNOW

El 12 de febrero de 1947, Carmel Snow había acabado de presenciar un desfile que le había hecho sentir algo que no había sentido desde antes de la segunda guerra mundial. Algo emocionante, revolucionario, tras una época tan oscura. Se acercó a Christian Dior para felicitar su colección trascendental: “Tus vestidos tienen un aspecto tan nuevo (such a new look)”. Snow entendía mejor que nadie el poder del sentir en la moda, ese día es solo una de sus aportaciones a la industria de la moda y una muestra de lo que su visión podía lograr.

Principios

Nació en 1887 en Dalkey, cerca de Dublín. Su padre murió cuando ella tenía cinco años. Su madre se quedó en Chicago, y en 1895 mandó a buscar a Carmel. En Nueva York, esa madre terminó al frente de un taller que producía alta costura parisina para el mercado estadounidense. Allí trabajaban unas 250 costureras y probadoras, y Carmel ayudaba a supervisar el trabajo y acompañaba a su madre a París a comprar.

En la Primera Guerra Mundial viajó a París con la Cruz Roja y dirigió a las mujeres que trabajaban para la organización en la ciudad. Al volver, escribió sobre las colecciones, y en 1921 una revista de moda la contrató como asistente de moda. No tenía experiencia en revistas, pero su energía y su creatividad compensaron el resto.

Con el tiempo ascendió. Pero la revista, centrada en la moda y la sociedad, dejaba fuera la cultura y la literatura que a ella le interesaban explorar.

Harper’s BAZAAR

Harper’s BAZAAR es la revista de moda más antigua que todavía se publica. Cuando Snow llegó, a comienzos de los años treinta, la revista ya tenía más de sesenta años. Ella ofreció una mirada nueva, experta e innovadora.

Snow encargó a Martin Munkácsi, un fotógrafo húngaro que venía del deporte, un reportaje de trajes de baño para el número de diciembre de 1933, titulado “Palm Beach”. La modelo Lucille Brokaw recibió una instrucción improbable, algo que en esa época no se hacía, que corriera hacia la cámara. La imagen que salió suele considerarse la primera de una modelo en movimiento.

A Alexey Brodovitch lo encontró en una exposición de diseño gráfico en Nueva York, en 1934. Era un ruso que había pasado una década diseñando en París antes de mudarse a Estados Unidos. Según contó la propia Snow, lo que vio fueron páginas con imágenes impresas a sangre, fotografías recortadas y una tipografía y un diseño audaces. Lo contrató, y durante más de veinte años ese ojo trabajó junto al suyo. Bajo su dirección, cada doble página se pensaba como una escena que conversaba con la anterior y con la siguiente, una secuencia narrativa. Dalí y Cartier-Bresson colaboraron con la revista, y Richard Avedon, que publicó allí por primera vez en 1944, fue su discípulo.

Después llegó Louise Dahl-Wolfe. Snow contó que, al ver sus fotografías de color, supo que la revista iba por fin a verse como siempre había querido. Dahl-Wolfe sacó la moda del estudio, de Marruecos a Brasil y a Arizona. En una de esas sesiones, Diana Vreeland aparece en las fotos acomodando el pañuelo de una modelo. Snow la había contratado en 1936 como columnista, impresionada por su estilo, y su columna “Why Don’t You...?” la llevó después a editora de moda.

Snow también quiso hacer otro tipo de contenidos. Publicó un ensayo fotográfico de Walker Evans sobre las viviendas populares de Nueva York, textos de Carson McCullers y de Gertrude Stein, y ayudó a dar a conocer a un joven autor llamado Truman Capote, que años después escribiría Breakfast at Tiffany’s.

En pocos años, la circulación se triplicó. Su sobrina y sucesora, Nancy White, la describió como un “genio para elegir a otros genios”.

La visión

La visión, cuando funciona, deja de verse como algo tangible, y empieza a sentirse en cada página, cada editorial, cada decisión. Se ve la fotografía, la página, el vestido. Detrás de eso, estuvo Carmel Snow, con esa mirada que décadas después sigue revolucionando la industria de la moda. Esa mirada cambió lo que una revista de moda podría ser.