Dentro de la boda de Ana Paulina Maestre, donde varios mundos se encontraron en un solo lugar

Por Gabriela Rojas Vargas

Pauli & Gregorio — © 2026 Dani Valencia, all rights reserved.

En el lugar donde el mar se encuentra con las rocas y las murallas esconden un mundo de color con edificaciones coloniales, Ana Paulina Maestre dijo sí a Gregorio Sánchez a las 6:00 de la tarde, en la Catedral Santa Catalina de Alejandría.

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Veintinueve metros de tela construyeron un vestido pensado en grande, pero sin perder comodidad. Ana Paulina llegó a la iglesia en un atuendo cuidado hasta el último detalle. Sobre el tul se bordaron flores con hilos de plata que luego se aplicaron sobre la tela para crear un efecto tridimensional. El mismo bordado apareció en los guantes, mientras que en la cabeza llevaba un tocado de malla con flores más pequeñas que recorrían la parte posterior como un pequeño sombrero que descendía sobre los ojos. El vestido tenía el sello inigualable de su mamá, Beatriz Camacho.

"El vestido fue un momento muy especial porque yo crecí en Beatriz Camacho y con su equipo. Fue muy especial crear y soñar con ellas", contó Maestre.

El vestido tenía tres pliegues; la parte delantera era más corta para dejar ver de manera intencional los tacones de Stuart Weitzman. Estaba acompañada de escote circular y una falda grande que la hicieron lucir como una princesa caribeña.

Ana Paulina - © 2026 Dani Valencia, all rights reserved.

Ana Paulina se describe como una persona de personalidad irregular, resultado de los muchos mundos que le interesan. Entre estos la moda, la política, el arte, la música y el baile. Para su matrimonio, quiso reunir precisamente esos mundos en un solo espacio.

Entrar al Teatro Adolfo Mejía fue encontrarlo casi irreconocible, con una decoración pensada para crear una visión cosmopolita, varios mundos en uno. Con racimos de plataneras como centros de mesa, estampado de cheetah en sillas y sofás, alfombras persas y cortinas de terciopelo en los bares. La música seguía la misma trama, con un DJ de verbena barranquillera que recibió a los invitados tocando una mezcla de champeta africana, disco, charanga y salsa; pero la protagonista de la decoración de la noche fue la Musa Paradisiaca, que colgaba como candelabros desde el techo, en referencia a las instalaciones de racimos colgantes del artista José Alejandro Restrepo.

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La Musa Paradisiaca es una planta híbrida proveniente del sudeste asiático y Oceanía. Esta terminó siendo mucho más que una planta. También se ha convertido en una imagen, una representación del trópico y de las distintas maneras en las que un territorio puede ser visto, construido y reinterpretado.

El artista barranquillero Gonzalo Fuenmayor utiliza la musa para explorar las estructuras que alguna vez buscaron contenerla. En Génesis, su obra en forma de candelabro, la planta reaparece como emblema y ruptura: en ocasiones se fusiona con la flor colgante del banano y, en otras, se disuelve en el brillo de una esfera de discoteca.

La Musa Paradisiaca puede aparecer en varios lugares. En una mesa, en un salón; en una fiesta, en un matrimonio.

Así lo quiso Ana Paulina. Desde su compromiso quiso involucrar el plátano de alguna manera en su matrimonio, como referencia al tema que atravesaría todo el evento: una exotización de símbolos de la colonia. 

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Otro elemento que quiso incluir fue el estampado cheetah. "A mí siempre me ha encantado el print de cheetah, yo decía que si pudiera me casaría vestida de cheetah. Es un estampado difícil porque es exigente para que se vea elegante, pero lo logramos hacer muy bien. Añadimos elementos que vienen de culturas distintas, pero logramos ese diálogo para demostrar lo diversa que soy", afirmó Maestre.

También estaban las alfombras. Persas, tejidas y traídas directamente de Irán. "No queríamos que fueran stickers, queríamos que fueran reales. Cuando pisas, los sentimientos son diferentes. No es lo mismo pisar un sticker que caminar sobre una alfombra hecha con el mismo método que usan en Irán".

El Caribe, el Medio Oriente, la música, la moda, el arte y la cultura popular aparecían juntos sin intentar convertirse en una sola cosa. Incluso los invitados llegaban desde lugares como Francia, Palestina, Líbano, Qatar, Panamá y Georgia, llevando consigo sus propias historias y referencias.

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La dirección de arte y la producción del matrimonio estuvieron a cargo de Huevos y Escobas, la empresa de Tuti Barrera y Lorenzo Márquez. "Siempre supe que Huevos y Escobas iba a hacer mi matrimonio porque Tuti Barrera y Lorenzo Márquez han sido amigos de mis papás por muchos años y producían los desfiles de Beatriz Camacho. Nadie más en Colombia hubiese sido capaz de traducir mi gusto y mis ideas".

Otra persona capaz de traducir las ideas de Ana Paulina fue la chef Marta Daza Ariza, cercana a la familia y conocedora de ella y su historia. El menú incluyó una estación de helados con dos sabores: uno de pistacho y otro llamado Palestina Libre, con miel, dátiles y pétalos de rosa.

"Yo escribí un libro sobre Israel y Palestina (Mar de guerra, olas de resistencia) y quería involucrar un pedacito de eso en mi matrimonio", contó Ana Paulina, quien estudió economía y relaciones internacionales. Se graduó de una maestría en resolución de conflictos y trabajó en la embajada de Estados Unidos con comunidades afectadas por el conflicto y la violencia en Colombia. "Mis temas siempre han sido el conflicto, y me he enfocado en dos zonas geográficas: Palestina y Colombia".

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La mezcla de intereses también estuvo presente en la música. Uno de los momentos que más esperaba Ana Paulina era el baile con su nuevo esposo. Eligieron "Te Adoro", de Joe Cuba, una salsa lenta que bailaron cuando se conocieron. Después llegó el momento con su papá, con quien creció bailando. Eligieron "Acuyuye", de Johnny Pacheco, una canción que disfrutaba desde niña.

Más tarde, Ana Paulina se cambió a su vestido de fiesta, un diseño hecho por Beatriz y su equipo, en quien confió plenamente. Sabía que quería flecos, una de las insignias de la casa Camacho. Esta vez fueron flecos de strass, enredados entre sí, acompañados por flores hechas a mano con canutillos plateados.

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Para Beatriz, la inspiración reflejaba la personalidad divertida e irregular de su hija. Una idea que también resume su filosofía como diseñadora: "Los vestidos describen a la persona. Es importante empezar a diseñar desde adentro, entender qué quiere vivir esa novia y cómo se quiere ver. La realidad del vestido empieza con cada novia".

Para Ana Paulina, el matrimonio fue una oportunidad para reunir, en un mismo lugar, todos esos mundos que forman parte de su identidad. Una celebración cuidadosamente pensada, donde cada detalle y cada elemento tenía una historia; donde nada parecía estar ahí simplemente por decoración.

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"Quería hacer mi reflexión sobre la exotización de estos símbolos de la colonia, pero con algo elegante y sofisticado", cuenta Maestre.

El plátano, las alfombras persas, el cheetah, el terciopelo y la música son símbolos que han sido vistos y construidos de muchas maneras a lo largo del tiempo, vueltos a mirar esta vez desde una perspectiva propia de Ana Paulina. Como la Musa Paradisiaca en manos de Fuenmayor, dejaron de pertenecer a un solo lugar para convertirse, por una noche, en el retrato de una novia.

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