En 1981, C.Z. Guest, Diana Vreeland y Lee Radziwill eran esas mujeres que entraban a un cuarto y todos volteaban a mirar. Esto se debía a su elegancia natural, su intelecto y su belleza. Truman Capote había bautizado como "Cisnes" a su círculo de amigas más cercanas de la alta sociedad neoyorquina (entre ellas C.Z. Guest y Lee Radziwill), mujeres que no solo tenían belleza y dinero, sino estatus, estilo y sofisticación. Diana Vreeland, la legendaria editora de Vogue, no pertenecía formalmente a ese círculo íntimo de Capote, pero fue una de las figuras que más definió esa misma era de glamour neoyorquino. Para la colección Primavera 2027, Wes Gordon quiso traer de vuelta ese espíritu con estas tres mujeres, que encarnan lo que la casa entiende por una "lady who lunch".
"Me encanta la idea de las ladies who lunch", contó Gordon. "He querido partir de esa idea y preguntarme cómo es esa mujer hoy".

El 14 de septiembre, Wes Gordon llevó la colección al David H. Koch Theater del Lincoln Center, en Nueva York, para marcar los 45 años de la firma. "Cuarenta y cinco años ofrecen un vocabulario extraordinario con el que trabajar", dijo Gordon sobre la colección. "Esta colección parte de todo lo que amamos de Herrera y se cuestiona cómo traducir todo eso al presente".
Bureau Betak se encargó de convertir el teatro. Lo llenó de casi 30.000 tulipanes amarillos (donados a los parques de la ciudad una vez terminó el desfile) y convirtió el espacio en una versión primaveral de Park Avenue. El atelier de la casa, por su parte, tradujo a bordado a mano una ilustración original de Lonni Sue Johnson del skyline de Manhattan, llevando una imagen del pasado de la ciudad a algo más contemporáneo.

La ropa interpreta ese concepto original con prendas femeninas y sofisticadas. Vestidos fluidos, encaje (a veces cosido directo en la tela, a veces tejido en hilo de lúrex plateado), bordados detallados, y volantes estructurados, armados uno a uno con cientos de tiras finísimas de organza. La paleta está compuesta de negro, el blanco, rojo Herrera y amarillo taxi. Además se puede ver una paleta más suave, cerámica, sorbete, empolvado, celeste, pepino. Y los lunares, en amarillo, negro y blanco, hacen parte del mismo juego de color que llevaba el empaque del primer perfume de la casa, el que diseñó Yves Zimmermann en 1988.
Los bolsos aparecen cubiertos de flores de cuero, el clásico Mimi se reinventa en satén brillante y en versiones con ranitas doradas que aluden a La Grenouille, el restaurante neoyorquino que cerró hace dos años. El bolso Consuelo suma borlas nuevas, y los clutches Pats y Bianca son reinterpretados. En joyería, broches de cebra, motivos de rana, perlas grandes y hasta una mención a la clásica galleta blanco y negro neoyorquina.

Esta es la ropa de la mujer que Gordon imagina hoy. Una mujer que no se queda quieta, que pasa la primavera entre Central Park, la parada de taxi y una agenda que la lleva por todo Nueva York. Wes Gordon crea moda para la mujer moderna, empoderada y sofisticada.
Colaboraciones
Andy Warhol estuvo en el Metropolitan Club de Nueva York la noche de 1981, en el que una venezolana nacida en Caracas presentó ante la sociedad neoyorquina su primera colección como diseñadora. Su amistad con Herrera ya llevaba años y había comenzado en una cena de 1979, cuando Warhol quedó fascinado con un bolso-minaudière Van Cleef & Arpels que ella llevaba puesto y le propuso intercambiarlo por un retrato. Warhol la terminó fotografiando en una serie de Polaroids, y de esas imágenes salió el retrato que hoy The Andy Warhol Foundation for the Visual Arts licenció por primera vez para esta colección, presente en piezas como un minivestido bordado y el bolso Jacqueline.

Por otro lado, Taffin, la casa de joyería de James de Givenchy, y Carolina Herrera compartieron alguna vez un mismo establecimiento. En 954 de Madison Avenue, donde antes hubo una boutique de Givenchy y donde Taffin abrió su primer showroom, en el tercer piso, quedándose ahí varios años más después de que Carolina Herrera comprara el edificio. De esa historia nació una cápsula de joyería en piedras de colores y cerámica artesanal, inspirada en la paleta de la colección, en Nueva York y en el estilo personal de la fundadora. Pendientes florales, esferas doradas texturizadas que recuerdan las joyas que ella usaba al inicio de su carrera, un anillo en forma de mano que remite a los labios rojos de sus retratos, y un collar con más de 800 cuentas de cerámica.
La última colaboración fue con The New Yorker. Un vestido bordado que recrea la portada exacta que salió el 27 de abril de 1981, la misma fecha en que Herrera debutó como diseñadora en el Metropolitan Club.
