Hace treinta años, Acne Studios nació en Estocolmo con cien jeans de costuras rojas repartidos entre amigos. El miércoles por la noche, en el Collège des Bernardins, Jonny Johansson regresó a aquel primer modelo de cinco bolsillos para hacerlo viajar a través de los siglos. Enormes tapices del artista azerbaiyano Faig Ahmed colgaban bajo las bóvedas góticas, mientras la música comenzaba con “Prince Charming”, de Adam and the Ants. En el backstage, un moodboard apoyado contra el muro de piedra caliza revelaba parte del método: el retrato de un medallón, botones antiguos y cuero desgastado convivían como fragmentos de épocas distintas reunidos en una misma imagen.

Johansson explicó que quería unir “dos cosas que no pertenecen juntas”. Esa tensión recorrió toda la colección. Aparecieron los New Romantics del Londres de principios de los años ochenta, con su apropiación irreverente de chaquetas militares, camisas de pirata y códigos históricos; ecos de la colección Pirate que Vivienne Westwood y Malcolm McLaren presentaron en 1981; y referencias al Vasa, el ornamentado buque de guerra sueco del siglo XVII que se hundió apenas unos minutos después de zarpar en 1628. Johansson incluso bromeó sobre un “enfriamiento global”: su verano, lejos de buscar ligereza o desnudez, se construyó a partir de capas, volúmenes y acumulación.
Una falda de gala a rayas, salpicada de rosas, adquiría un volumen monumental sobre un tank top azul lacado; debajo asomaban unos jeans estampados con el mismo jardín desvanecido y botas vaqueras marrones de punta afilada. Una bomber de cuero color tabaco, envejecida deliberadamente, se sobre ponía a una masa de tafetán magenta y a shorts de cuero negro. Una chaqueta corta de espiga gris, atravesada por correas marrones brillantes, se llevaba sobre una camisa blanca con cuello de volantes. El denim gris lavado se transformaba en una gabardina ceñida con cinturones de cuero, combinada con leggings de rombos hasta la rodilla y mules lila rematados con lazos y hebillas. El motivo argyle, ya presente en la colección masculina de junio, reaparecía aquí como un hilo entre temporadas.

Lo interesante era que, a pesar de la cantidad de referencias y de la abundancia de tela, nada parecía demasiado precioso. Había algo deliberadamente desordenado en la manera de juntar las piezas: prendas históricas y denim, romanticismo y desgaste, volúmenes ceremoniales y elementos cotidianos. Esa fricción evitaba que la colección se convirtiera simplemente en un ejercicio de nostalgia.
Los tratamientos de superficie importaron tanto como las siluetas. El cuero verde oliva fue envejecido hasta oscurecerse en los pliegues, especialmente en un sombrero arrugado cuyos bordes se curvaban como hojas de repollo. Una gabardina caqui, ajustada en cuello, pecho y cintura con correas de cuero claro, y una chaqueta de denim recibieron un acabado lacado de brillo casi húmedo. El denim blanco, por su parte, apareció pintado a mano con flores azules que recordaban la delicadeza de la cerámica de Delft.

Los accesorios llevaron el concepto aún más lejos. Las hebillas de las correas de los bolsos de cuero envejecido se transformaron en pequeños marcos dorados. Colgantes y aretes ovalados contenían diminutos rostros de inspiración renacentista, mientras retratos en forma de insignias se prendían sobre las chaquetas como medallas heredadas. Incluso el pelo participaba de esta construcción histórica: volúmenes cardados y ondulados, pequeños rizos marcados y manchas de rosa difuminadas sobre cejas y párpados prolongaban el espíritu New Romantic.

Ahí estaba también la tensión más interesante de “Denim Hystoria”. Cuando las referencias históricas se integraban directamente al denim, al cuero, a los lavados o a los herrajes, dejaban de sentirse como citas y se convertían en parte del lenguaje de Acne. En otros momentos, la acumulación rozaba deliberadamente el disfraz. Pero quizás esa incomodidad era precisamente el punto: Johansson no buscaba reconstruir el pasado con fidelidad, sino desordenarlo, desgastarlo y obligarlo a convivir con prendas que pertenecen al presente.
Para el lector colombiano, uno de los gestos más sugerentes del desfile resulta curiosamente familiar. Una falda de enorme volumen llevada sobre prendas cotidianas —la historia incorporada al presente sin demasiada ceremonia— puede encontrar un eco en la lógica de la pollera: esa falda amplia y llena de movimiento cuya historia en el Caribe colombiano reúne influencias europeas, africanas e indígenas. Los pequeños marcos dorados que colgaban de las correas de los bolsos también evocan una familiaridad visual con la pintura colonial y sus ornamentados marcos.

Pero quizá la conexión más directa esté en el denim. Medellín ha construido una importante tradición alrededor del jean y cada año Colombiamoda vuelve a poner en evidencia el peso de esa industria. Quienes trabajan el denim saben que el valor no está únicamente en la silueta: está en el lavado, la textura, el acabado y en todo aquello que consigue transformar una tela universal en algo reconocible.
Treinta años después de aquellos primeros cien jeans, Johansson vuelve precisamente a ese punto de partida. “Denim Hystoria” propone que una prenda tan cotidiana como un jean de cinco bolsillos puede absorber siglos de historia sin dejar de pertenecer al presente. Y quizá ahí esté la idea más relevante para una industria latinoamericana que posee un enorme patrimonio visual propio: la identidad adquiere otra fuerza cuando no se coloca simplemente sobre una prenda, sino cuando logra entrar en su construcción, en su superficie y en la manera misma de hacerla.
