El acto poético de narrar con hilos

Hilos de metal, fibras y asfalto. La historia de Hechizoo y cómo la imperfección de una ciudad se convirtió en uno de los textiles más exclusivos del mundo.

Por Manuela Barrera Nieto

Miguel repasando algodón — Hechizoo
Fotografía Hechizoo

Entrar en Villa Hechizoo es como atravesar la puerta hacia un oasis en medio de la ciudad. Ubicada en la Calle de los Anticuarios, esta casa destaca por sus exuberantes jardines y por la atmósfera casi mágica que la rodea. Con todo, su verdadero encanto reside en las piezas únicas que alberga, que van desde telares en degradé hasta objetos cuya función original fue recontextualizada. Cada mueble, textil y pieza es fruto del trabajo de manos artesanas que —a través de formas orgánicas, fibras, hilos y metales— narran historias profundamente arraigadas en la idiosincrasia bogotana. 

Lo que nació de una travesía por Boyacá

Jorge Lizarazo

Aunque nació en Armenia, Jorge se siente profundamente bogotano. Tras estudiar arquitectura, emprendió un viaje de descubrimiento que comenzó en Europa. En Francia, Alemania y Austria rastreó el vínculo perdido entre la arquitectura y el textil. A su regreso, se topó con una Colombia fracturada por la violencia de los noventa. Frustrado por un entorno artístico que no lo motivaba y un territorio que sentía vetado, tomó una decisión arriesgada: viajar en autobús por el país junto a Celia, su perrita.

Ese viaje por carretera transformó su destino. «Para mí, Hechizoo nació en Tenza, Boyacá, el día que vi a una artesana tejer palma de chin», evoca Jorge. «Venía de estudiar en Francia con Massimiliano Fuksas, quien nos pedía usar cobre en todo. Al ver el telar pensé: la tejeduría es bella, pero ¿qué podemos adicionarle? Llevamos alambres de cobre y empezamos a mezclar».

Su llegada al 20 de julio 

Borlas y lino natural, Hechizoo

Quizás, uno de los aspectos que más asombra de esta marca es su taller ubicado en el 20 de julio. Aunque, la marca no nació precisamente allí; de hecho, su primera sede de experimentación creativa fue en el barrio de La Candelaria. Como lo describe Jorge, era un local de apenas 40 m² en el que solo tenía un jefe de taller (Gerardo Ardila, quien fue su director de taller hasta su muerte en 2011), cuatro tejedores, cuatro telares y ningún cliente. Aun así, cuenta —con una mezcla de entusiasmo y añoranza— que su relación con el centro de la ciudad va más allá de los orígenes de su marca. Y casi como una revelación divina fue que llegó a esta parte de la ciudad: «Por algo tenía que ir al centro. Recuerdo que yo me di la bendición frente a Monserrate y dije: ‘Gracias, Dios mío, por haberme mostrado el camino nuevo que tengo que seguir’». 

Valiéndose de aquel refrán «La suerte es de los aventados», decidió dar el siguiente paso: mudar el centro de sus operaciones. Su madre le contó que del divorcio con su padre había quedado una bodega por allá en el 20 de julio y el resto es historia. Ese vínculo emocional que guarda con el barrio, puede verse reflejado en la iconografía de la marca y en especial en la silueta del Sagrado Niño, que ahora es su logo. 

Esta sede de Hechizoo no es una casualidad estética, sino un manifiesto político y humano. «Cada persona tiene un mínimo de 40 m². Quise hacer para ellos, y para mí mismo, una casa tan o más bonita que los lugares donde vivimos, para que el sitio de trabajo sea tanto o más agradable que el propio hogar», explica Jorge. Además, aquí ahora descansan más de 2 500 fibras y materiales como el fique, la iraca, el yaré, el chin y el cumare; una enorme biblioteca textil que espera, pacientemente, el momento y el proyecto indicado para ser utilizada. 

Honrar el savoir-faire local

Fotografía Hechizoo

Si bien su talento y el nivel de detalle de sus creaciones hechiza, otro aspecto que destaca es su calidad humana. Al hablar con Jorge, uno puede notar que este negocio familiar es fruto de reconocer y enaltecer el trabajo que hacen sus artesanos y colaboradores. «Nos sentimos orgullosos de decir que somos colombianos cuando vemos una mochila, pero somos muy exigentes cuando vamos y le pedimos descuento a un artesano que ha trabajado durísimo durante todo un año». 

A la fecha, el taller trabaja activamente con más de 35 comunidades indígenas y campesinas, por eso, además de brindar condiciones de trabajo justas y un salario competitivo, exige que el trabajo de sus colaboradores sea tratado con respeto. El diseñador aclara de forma tajante que la dinámica no consiste en una maquila tradicional donde las comunidades simplemente elaboran un producto por encargo para el beneficio exclusivo de la marca. Al contrario, su filosofía es un gana-gana en el que ambas partes pueden obtener beneficios y aprender del proceso de cocreación.

Hoy en día existe una enorme contradicción en la industria. Un afán desmedido, especialmente, de las grandes marcas por refrescarse y por tener esa conciencia social que no han tenido durante mucho tiempo. No respetan los tiempos de los materiales ni los de la creación artesanal por la masificación de su producción. «Si tú quitas el cogollo se muere la palma y ya no hay más fibra» por eso cree firmemente que es mejor aportar con prácticas ecológicamente sustentables y condiciones de trabajo dignas en silencio que andar pregonando discursos que se limitan a campañas de mercadeo. 

Al final, Jorge Lizarazo terminó haciendo arquitectura sin construir edificios. Logró ser el genio detrás de un taller que exalta no solo el valor de lo artesanal y sus tiempos, sino que también honra los materiales y las manos de todos aquellos que lo trabajan. Cada pieza crea un lenguaje que, en conjunto, narra, casi de manera poética, a través del color y los materiales, historias del campo, de la selva, de las montañas, de la ciudad y, sobre todo, de las personas que las elaboran.