La Semana de la Moda de Milán comenzó el 22 de septiembre en el Depósito de Fondazione Prada, en el mismo espacio diseñado por OMA para el desfile masculino, en junio. Fueron sesenta y tres looks y todos llevaban falda. Ni un solo pantalón. El piso iluminado hacía parte de la puesta en escena: mientras caminaban las modelos, sus sombras caían bajo ellas y llevaban la mirada, casi inevitablemente, hacia el ruedo.
Pero esta no era simplemente una colección sobre faldas. Era sobre una idea muy particular de la falda: baja sobre la cadera, a la altura de la rodilla, cruzada y, muchas veces, abierta. Una silueta que se repetía una y otra vez, mientras todo lo demás cambiaba. Después de algunos looks, uno empezaba a mirar menos la forma de la falda y más lo que aparecía entre sus capas.
El primer look dejó clara la idea. Una falda cruzada de lana roja se abría para revelar una larga tira de velcro, combinada con un brasier de satén bordeado con encaje y zapatos negros. Algo completamente utilitario quedaba a la vista. Más adelante, un velcro verde chartreuse atravesaba una falda blanca casi como una franja de color. En una versión gris carbón, el cierre sostenía un panel rosado decorado con flores negras de pedrería. Dependiendo de cómo se cerrara la falda, parte del adorno podía aparecer o desaparecer.

Había que mirar con atención. Una falda de lana chartreuse se separaba del cuerpo y dejaba escapar un volante gris por debajo. En otro look, unos pliegues florales rosados aparecían debajo de una falda negra únicamente cuando la modelo caminaba. Un estampado de margaritas verdes, visto a través de una capa negra transparente, se volvía borroso, casi como una imagen detrás de una ventana.
Ahí estaba buena parte del placer de la colección. No todo se entregaba de inmediato. Un forro, un cierre o una capa interior podían terminar siendo tan importantes como la propia falda. Son detalles que normalmente pertenecen a la experiencia privada de vestirse, pero aquí se dejaban ver por momentos.

El momento también resultaba interesante. En Nueva York y Londres, varios diseñadores ya venían exponiendo el cuerpo: Simone Rocha con briefs debajo de prendas exteriores, Erdem con cristales sobre ropa interior de satén y Magda Butrym dejando ver la lencería bajo el cuero. Prada tomó otro camino. Aquí lo revelador no era solamente la cantidad de piel, sino ver cómo estaba hecha la ropa: qué había debajo, qué la sostenía y cómo se cerraba.
Y mientras en otras ciudades aparecían faldas con mucho más volumen, Prada mantuvo las suyas obstinadamente estrechas y cerca de la rodilla. En lugar de construir una gran silueta alrededor del cuerpo, aquí todo parecía regresar una y otra vez a esa línea sencilla.

Los materiales hacían difícil saber exactamente qué se estaba mirando. Un abrigo negro con cinturón parecía cuero a primera vista, aunque la superficie contaba otra historia. Una chaqueta blanca y su falda llevaban negro siguiendo las costuras, como si la construcción del traje hubiera sido dibujada encima de la tela. Materiales técnicos que podían sentirse duros o industriales aparecían convertidos en pliegues finísimos. Debajo de un anorak marrón arrugado, una falda plisada amarilla limón recibía la luz de la pasarela y por momentos parecía casi transparente.
Varias de estas ideas se traducen sorprendentemente bien fuera de Milán. Para un guardarropa colombiano, el interés está menos en las versiones pesadas de lana que en las posibilidades de los materiales más livianos: nylon plisado, hombros descubiertos, bandeaus, tejidos sin mangas y faldas abiertas con tajos. En Barranquilla o en Cali, la propuesta naturalmente tendría que ser más ligera y descubierta; las lanas, los abrigos y los tejidos oversized encuentran un lugar más lógico en Bogotá.
Una de las faldas más impactantes era también una de las más frágiles a la vista. Flores negras de cristales formaban una especie de encaje roto sobre la pierna, con un ruedo irregular que apenas rozaba la piel. Prada la combinó con un chaleco tejido azul marino, deshilachado, y gafas de espejo. Era lujosa y descuidada al mismo tiempo, una contradicción que Prada maneja particularmente bien.

Pero uno de los looks más silenciosos fue el que se quedó conmigo. Una falda verde plisada, con más tela de la que parecía necesitar, se llevaba con una camisa gris masculina y un bandeau sostenido por tiras de cristales. La modelo recogía la falda con una mano mientras caminaba. Ese pequeño gesto cambiaba por completo la prenda. Dejaba de parecer una forma controlada y empezaba a sentirse mucho más personal.
Esa sensación de no esforzarse demasiado también estaba en las mujeres. El pelo parecía casi accidental, más que “peinado”, y el maquillaje nunca competía con la ropa. Y luego estaban las gafas: enormes, de espejo, a veces casi severas, capaces de darle cierta dureza incluso a las faldas más delicadas.

Pero, sobre todo, estaba la actitud de las modelos. Caminaban como si les importara muy poco que alguien las estuviera mirando: las faldas se abrían, los brasieres quedaban expuestos, las gafas permanecían puestas y, de vez en cuando, una mano recogía la tela al caminar. No había una intención evidente de seducir. La mujer Prada parecía haberse vestido para sí misma: un poco desarreglada, segura y sin ninguna necesidad de explicar lo que llevaba puesto.
No toda la repetición funcionó. De la cintura para arriba, el vocabulario era más limitado: brasieres, bandeaus, tejidos oversized, camisas que parecían prestadas y cueros gastados. Para cuando llegó el look número sesenta y tres, el bra top había dejado de sentirse provocador para convertirse casi en uniforme. El largo prácticamente constante de las faldas también podía resultar insistente. Una falda plisada floral rosada, más corta, debajo de una vieja chaqueta de cuero, demostraba cuánto podían cambiar las proporciones con apenas unos centímetros.
Aun así, esa insistencia terminó siendo una de las razones por las que la colección funcionaba. La falda lleva décadas formando parte del lenguaje de Prada, así que volver a ella no era en sí una sorpresa. Lo interesante estaba en insistir tanto sobre una forma conocida que
la mirada terminaba desplazándose hacia otras cosas: el interior, el cierre, el forro, la manera de llevarla y hasta la forma en que una mano podía cambiarla mientras la modelo caminaba.

Al final, lo más interesante de estas faldas no era necesariamente lo que mostraban de frente, sino todo aquello que uno alcanzaba a descubrir alrededor —y debajo— de ellas.
Prada Primavera/Verano 2027, presentada en Fondazione Prada, Milán, el 22 de septiembre de 2026.