Prada SS27
Prada SS27 paolo caponetto paolocapo.net

La Semana de la Moda de Milán comenzó el 22 de septiembre en el Depósito de Fondazione  Prada, en el mismo espacio diseñado por OMA para el desfile masculino, en junio. Fueron  sesenta y tres looks y todos llevaban falda. Ni un solo pantalón. El piso iluminado hacía parte  de la puesta en escena: mientras caminaban las modelos, sus sombras caían bajo ellas y  llevaban la mirada, casi inevitablemente, hacia el ruedo. 

Pero esta no era simplemente una colección sobre faldas. Era sobre una idea muy particular  de la falda: baja sobre la cadera, a la altura de la rodilla, cruzada y, muchas veces, abierta.  Una silueta que se repetía una y otra vez, mientras todo lo demás cambiaba. Después de  algunos looks, uno empezaba a mirar menos la forma de la falda y más lo que aparecía entre  sus capas. 

El primer look dejó clara la idea. Una falda cruzada de lana roja se abría para revelar una  larga tira de velcro, combinada con un brasier de satén bordeado con encaje y zapatos negros.  Algo completamente utilitario quedaba a la vista. Más adelante, un velcro verde chartreuse  atravesaba una falda blanca casi como una franja de color. En una versión gris carbón, el  cierre sostenía un panel rosado decorado con flores negras de pedrería. Dependiendo de cómo  se cerrara la falda, parte del adorno podía aparecer o desaparecer. 

Prada SS27 - paolo caponetto paolocapo.net
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Había que mirar con atención. Una falda de lana chartreuse se separaba del cuerpo y dejaba  escapar un volante gris por debajo. En otro look, unos pliegues florales rosados aparecían  debajo de una falda negra únicamente cuando la modelo caminaba. Un estampado de  margaritas verdes, visto a través de una capa negra transparente, se volvía borroso, casi como  una imagen detrás de una ventana. 

Ahí estaba buena parte del placer de la colección. No todo se entregaba de inmediato. Un  forro, un cierre o una capa interior podían terminar siendo tan importantes como la propia  falda. Son detalles que normalmente pertenecen a la experiencia privada de vestirse, pero  aquí se dejaban ver por momentos. 

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El momento también resultaba interesante. En Nueva York y Londres, varios diseñadores ya  venían exponiendo el cuerpo: Simone Rocha con briefs debajo de prendas exteriores, Erdem  con cristales sobre ropa interior de satén y Magda Butrym dejando ver la lencería bajo el  cuero. Prada tomó otro camino. Aquí lo revelador no era solamente la cantidad de piel, sino  ver cómo estaba hecha la ropa: qué había debajo, qué la sostenía y cómo se cerraba. 

Y mientras en otras ciudades aparecían faldas con mucho más volumen, Prada mantuvo las  suyas obstinadamente estrechas y cerca de la rodilla. En lugar de construir una gran silueta  alrededor del cuerpo, aquí todo parecía regresar una y otra vez a esa línea sencilla.

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Los materiales hacían difícil saber exactamente qué se estaba mirando. Un abrigo negro con  cinturón parecía cuero a primera vista, aunque la superficie contaba otra historia. Una  chaqueta blanca y su falda llevaban negro siguiendo las costuras, como si la construcción del  traje hubiera sido dibujada encima de la tela. Materiales técnicos que podían sentirse duros o  industriales aparecían convertidos en pliegues finísimos. Debajo de un anorak marrón  arrugado, una falda plisada amarilla limón recibía la luz de la pasarela y por momentos  parecía casi transparente. 

Varias de estas ideas se traducen sorprendentemente bien fuera de Milán. Para un  guardarropa colombiano, el interés está menos en las versiones pesadas de lana que en las  posibilidades de los materiales más livianos: nylon plisado, hombros descubiertos, bandeaus,  tejidos sin mangas y faldas abiertas con tajos. En Barranquilla o en Cali, la propuesta  naturalmente tendría que ser más ligera y descubierta; las lanas, los abrigos y los tejidos  oversized encuentran un lugar más lógico en Bogotá. 

Una de las faldas más impactantes era también una de las más frágiles a la vista. Flores  negras de cristales formaban una especie de encaje roto sobre la pierna, con un ruedo  irregular que apenas rozaba la piel. Prada la combinó con un chaleco tejido azul marino,  deshilachado, y gafas de espejo. Era lujosa y descuidada al mismo tiempo, una contradicción  que Prada maneja particularmente bien. 
 

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Pero uno de los looks más silenciosos fue el que se quedó conmigo. Una falda verde plisada,  con más tela de la que parecía necesitar, se llevaba con una camisa gris masculina y un  bandeau sostenido por tiras de cristales. La modelo recogía la falda con una mano mientras  caminaba. Ese pequeño gesto cambiaba por completo la prenda. Dejaba de parecer una forma  controlada y empezaba a sentirse mucho más personal. 

Esa sensación de no esforzarse demasiado también estaba en las mujeres. El pelo parecía casi  accidental, más que “peinado”, y el maquillaje nunca competía con la ropa. Y luego estaban  las gafas: enormes, de espejo, a veces casi severas, capaces de darle cierta dureza incluso a  las faldas más delicadas. 

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Pero, sobre todo, estaba la actitud de las modelos. Caminaban como si les importara muy  poco que alguien las estuviera mirando: las faldas se abrían, los brasieres quedaban  expuestos, las gafas permanecían puestas y, de vez en cuando, una mano recogía la tela al  caminar. No había una intención evidente de seducir. La mujer Prada parecía haberse vestido  para sí misma: un poco desarreglada, segura y sin ninguna necesidad de explicar lo que  llevaba puesto. 

No toda la repetición funcionó. De la cintura para arriba, el vocabulario era más limitado:  brasieres, bandeaus, tejidos oversized, camisas que parecían prestadas y cueros gastados. Para  cuando llegó el look número sesenta y tres, el bra top había dejado de sentirse provocador  para convertirse casi en uniforme. El largo prácticamente constante de las faldas también  podía resultar insistente. Una falda plisada floral rosada, más corta, debajo de una vieja  chaqueta de cuero, demostraba cuánto podían cambiar las proporciones con apenas unos  centímetros. 

Aun así, esa insistencia terminó siendo una de las razones por las que la colección  funcionaba. La falda lleva décadas formando parte del lenguaje de Prada, así que volver a ella  no era en sí una sorpresa. Lo interesante estaba en insistir tanto sobre una forma conocida que 

la mirada terminaba desplazándose hacia otras cosas: el interior, el cierre, el forro, la manera  de llevarla y hasta la forma en que una mano podía cambiarla mientras la modelo caminaba. 

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Al final, lo más interesante de estas faldas no era necesariamente lo que mostraban de frente,  sino todo aquello que uno alcanzaba a descubrir alrededor —y debajo— de ellas. 

Prada Primavera/Verano 2027, presentada en Fondazione Prada, Milán, el 22 de septiembre  de 2026.